Referencia: Francesca GARGALLO, “Un acercamiento a la cultura saharaui”,
conferencia para el Encuentro de Cultura Saharaui, Casa de Cultura
Benemérito de las Américas, organizado por la Embajada Saharaui en
México, Centro de Coyoacán, Ciudad de México, 1 de octubre de 2006
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| Foto de Dikó Betancourt @diko_fotografia |
Un acercamiento a la cultura saharaui
Francesca Gargallo
Hablar de una
cultura es más complejo que referirse a sus bellas artes. La cultura es
una rica trama conformada por todas las relaciones sociales y las
expresiones de vida de un pueblo. La indumentaria, como la cocina, la
música como las fórmulas que se utilizan para saludarse, la fe religiosa
como el respeto a los ancianos, las relaciones interpersonales como la
poesía, los cantos y las danzas responden a una cultura de la misma
manera que permiten su reproducción.
En este sentido una cultura es una
construcción colectiva que crece y se transforma por la acción de los
sujetos que la conforman. Una cultura no estaría viva si en ella no se
presentaran cambios, pero de ninguna forma la vida de una cultura
responde a un determinismo biológico, es decir no nace, crece, se
reproduce y muere, sino se desplaza como la arena empujada por el
viento: vuela, cae, forma dunas, repta, se calienta, se enfría, cruje
bajo los pies de quien la camina, se acomoda bajo el cuerpo del
durmiente. Según la actual Ministra de Cultura de la RASD, Mariam Hmada:
“
A ningún pueblo puede imponerse una cultura, porque las culturas se complementan y los otros tienen derecho a ser diferentes”.
Esto es, la multiplicidad de culturas existentes en el mundo es el
fruto de las diferencias históricas, geográficas, tecnológicas que nos
hacen actuar como humanos y nos proporcionan el deseo de conocernos.
Para decirlo con las palabras de Hmada: “
nuestra cultura es el océano que nos permite navegar para llegar a conocer a los otros pueblos del mundo”.
El océano que
sostiene las brazadas de las y los saharauis, su cultura, tiene un
origen que se pierde en la noche de los tiempos, pues en parte son los
descendientes de los pueblos mesolíticos que habitaron un Sahara
anterior a la desertificación. Hoy son un pueblo berebere, árabe,
musulmán y nómada que ha sabido comerciar a través del desierto por
miles de años, resistir una invasión colonial europea, española,
enfrentar una guerra defensiva contra Mauritania y Marruecos, así como
en la actualidad se opone a la ocupación militar marroquí.
Su poesía y
narrativa se transmiten de manera oral, de modo que, al repetirse,
desarrollan la capacidad mnemónica de personas que aprenden las suras
del Corán, las rutas de las estrellas, los usos medicinales de las
plantas, los nombres de por lo menos siete ascendentes masculinos de su
familia para establecer los lazos de parentesco, y todas las
obligaciones que éstos conllevan, con las demás personas. De un lado a
otro de la geografía del océano del desierto, generalmente para expresar
el amor de un hombre para una mujer, un poeta lanza un largo poema como
una declaración y decenas de pastores lo aprenden de memoria y lo
desplazan hasta que llegue a oídos del rival quien, a su vez, debe
responder con una poesía mejor que circulará de boca en boca. Así como
en la Huasteca se organizan topadas de soneros para manifestar con
cantos rimados las posiciones de su comunidad sobre la tierra, la
política, el amor y la belleza del propio rancho, en el Sahara los
enamorados duelan hasta conseguir la atención de su amada mediante
poemas cósmicos que se recuerdan después de siglos.
El exilio no
merma la memoria, aunque pueda cambiar las formas de expresión de la
poesía. En la actualidad, la lengua colonial saharaui, el español, ha
sido reinterpretada por un grupo de excelentes poetas que retomando los
temas de la música haul -la música culta de los pueblos que hablan
hassaní, la lengua de las y los saharauis y mauritanos-, es decir los
temas de la belleza, el amor, la guerra, la devoción, la amistad, la
libertad, el honor y la tierra, escriben y publican una poesía saharaui
en un castellano usado como lengua franca en América Latina, una parte
de África noroccidental y España.
Bahía Awah, por ejemplo, integrante de La Generación de la Amistad,
le canta a su ciudad, Dajla, llamándola Arus Elbahar, novia del mar en
lengua hassaní, la reconoce muntafida, sublevada, y la recuerda bajo la
luna, el gamar, del desierto sahariano, con la nostalgia de los
emigrantes y la presencia de los exiliados que convierten cada día, cada
imagen, cada verso en un instante de lucha:
La novia del mar
Villa Cisneros, Dajla, península
ausente,
Arus Elbahar
camino de los cisnes blancos.
Esta es mi lejana ciudad amada
la que Francisco Bens
vio desnuda y libre
a plena luz del Gamar sahariano.
Esta novia de la mar y del desierto
también la contempló hermosa,
caminando descalza
entre las orillas y el vaivén
de sus olas atlánticas,
otro amante que se llamó
Emilio Bonelli.
Mi ciudad es gemela de Rosarito,
San Quintín, Santa Rosalía, Loreto,
Ensenada, San Lucas
y La Paz, su otra hermana Mexicana,
posada feliz en la mar pacífica.
Mi ciudad, mi novia, mi sirena
mi península,
está sublevada
está muntafida
está herida, tiene la mar atlántica triste
y soledad en las playas,
tiene sed de libertad como para saciar
el Océano Atlántico.
Si la música y
la poesía están tan estrechamente vinculadas en todas las culturas es
porque el canto se sostiene en la memoria y puede incorporar todas las
expresiones de una sociedad que se abre a conocer y ser conocida. Así,
para hablar de unos de los rasgos que más llaman la atención a las
latinoamericanas, la poesía saharaui nunca hace referencia a un acto de
violencia hacia las mujeres, porque, por extraordinario que nos parezca,
es una sociedad que no la practica. De hecho, las mujeres cantadas por
la poesía y ausentes en la genealogía, tienen en la vida cotidiana una
centralidad absoluta. Son ellas las que abren sus tiendas a los viajeros
y preparan el té que se sirve en tres tiempos: el que recuerda que la
vida es amarga, el que sostiene que el amor el dulce y el que descansa
en la seguridad de que la muerte es suave. Ataviadas con una larga tela
de colores, la melhfa, las mujeres saharauis no se cubren el rostro ni
las manos y se desplazan con absoluta libertad. Son alegres aun en la
desdicha del exilio en la Hamada, la parte más seca del desierto
sahariano, en las postrimerías de Tinduf, que la solidaridad argelina
les ha brindado hace treinta años como hogar temporal mientras liberan
su territorio ocupado por Marruecos. Y son fuertes como esos árboles que
dan sombra, curan los dolores de estómago y, una vez secos, sirven de
leña para el fuego de los nómades.
La
organización de la educación y de la distribución de alimentos en los
campamentos de refugiados descansan en el trabajo de las mujeres, que al
hacerlo fortalecen y transforman la cultura saharaui que
tradicionalmente reconocía su trabajo colectivo como una forma de
solidaridad particular, la tuiza.
Al convertirse
en maestras de primaria, tras haberse formado en escuelas de mujeres
abiertas durante el exilio para superar el analfabetismo colonial, y
donde junto a las letras y los números aprendieron a manufacturar
artesanías, tapetes, cuero de dromedario (que es tal aunque para todas y
todos se llame camello) así como a manejar, cantar, organizar fiestas,
debatir políticas, recoger tradiciones y hacer periodismo cultural.
Pues, al convertirse en maestras, las mujeres saharauis formularon una
escuela mixta, obligatoria, sin discriminación en el aprendizaje basado
en los sexos, donde hasta tercero de primaria se estudia el árabe, la
historia nacional, aritmética, geometría y geografía, y de cuarto grado
en adelante se enseña el español como segunda lengua. Con este método,
el analfabetismo en los territorios liberados y en el exilio ha
descendido hasta un cinco por ciento entre los ancianos y es inexistente
entre los jóvenes.
Las mujeres, a
través del Ministerio de Educación, se ocupan igualmente de conseguir
becas para cualquier estudiante que haya finalizado la educación
primaria. Prácticamente todas y todos los jóvenes que han terminado de
alfabetizarse viajan a Argelia, Libia, España y Cuba, así como a otros
países que les ofrecen lugares de estudio, donde permanecen hasta
culminar sus estudios secundarios o universitarios. En particular, los y
las estudiantes que viajan a Cuba, por su lejanía, no vuelven al Sahara
durante muchos años. Ahí se forman como médicos, músicos, ingenieros,
comunicadores, literatos, pintores, químicos, bailarines, actores,
biólogos, pedagogos y físicos en plena libertad, sin tener que responder
a una exigencia de estado a la hora de escoger el campo de su interés
educativo. En el exilio no pierden los elementos constitutivos de su
cultura, mantienen su religión, se encuentran e invitan a sus amigos y
amigas a la ceremonia del té, lo cual hace menos traumático su regreso a
la realidad del exilio en la Hamada, a la cual se reincorporan en breve
tiempo, gracias a que vuelven con un trabajo garantizado en un mundo
donde el dinero no es un bien de intercambio necesario.
Las
y los saharauis son bastante fiesteros, la ministra Hmada no duda en
llamarlos juerguistas. Debido al calor del día, al caer el sol se abre
un espacio de intercambio de ideas, de reflexión conjunta, de música, de
chisme y de enamoramiento. Las visitas y las conversaciones se
prolongan hasta altas horas de la noche y la familia, si es que se
encuentra sola, colectiviza sus sentimientos, afectos y problemas. Sólo
las y los niños se duermen temprano. Durante la noche, las mujeres se
pintan unas a otras las manos y los pies con polvo y ceniza de henna,
con la que se embellecen para las fiestas. Algunos dibujos geométricos y
simbólicos son tan antiguos que se encuentran en restos cerámicos de
hace cuatro mil años. Las manos y los pies se mueven con elegancia
durante bailes que involucran a toda la comunidad, y que las y los
ancianos presiden. Los tambores y los cantos tienen diversos fines, y
van desde el sarcasmo hasta la alabanza, desde la declaración de amor
hasta la exaltación guerrera.
Hay fiestas
donde la casa se hecha por la ventana, como durante las bodas, y fiestas
que nos parecen extremadamente modernas, aunque sean antiquísimas como
las que la familia de una mujer divorciada le organiza para que conozca a
una posible nueva pareja.
Para
finalizar, es tan imposible ofrecer un cuadro exhaustivo de la cultura
saharaui como pretender hacerlo de la cultura mexicana. Una cultura se
confunde con la vida, sostiene las esperanzas, enseña una comunicación
que es cósmica, pero sobre todo tiene derecho a ser, mantenerse y
crecer. Para que la cultura saharaui siga sonriéndole al sol es
necesario que los pueblos del mundo apoyemos a sus miembros en su
derecho a la autodeterminación y la independencia.
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