«Las palabras de la noche las borra el día» Proverbió
saharaui. Son estas palabras que nos introducen en una aventura y en un
nuevo curso de la vida. Como la periodista Yolanda Sobero en su libro
publicado en su momento por Ariel nos hace participie de ellas, igual
que muchas mujeres y hombres saharauis y no saharauis que luchan todos
los días por los derechos humanos. En Sáhara. Memoria y Olvido volvemos
una y otra vez a ellos a través de sus paginas.
Nos sirve como referencia a un viaje que les vamos a contar
realizado hace unos años en que un personajillo se sumerge en las
arenas de un desierto a muchos kilómetros de distancia. Un desierto que
dio como resultado un gran viaje que todos deberíamos de realizar y si
lo podemos hacer con la inocencia de un niño mucho mejor todavía. «El
horizonte sin límites del Sáhara es engañoso- escribe su autora- este
aparente vació guarda la memoria de los pueblos antiguos, los surcos del
nomadeo, las rutas de los comercios ancestrales, las huellas de
dolorosas sequías y exilios. El irifí, el viento cargado de arena, topa
con muros de guerra»
I
Desde siempre le había gustado viajar, evadirse, dejar los
problemas atrás. (Si es que estos realmente se pueden dejar atrás)
Cuando era joven, en aquella mochila gastada por los años, llevaba dos o
tres libros que, sucesivamente, uno tras otro iba leyendo. Jugaba
imaginándose lugares en un mapa que en realidad nunca habían existido.
Aquel fuerte que de chico -le servia-, para inventarse un campamento que
atacado por los indios, él como capitán intentaba defender.
Los años han pasado y mientras los recuerdos afloraban en su mente,
ya no era el chiquillo de antaño, había crecido, había conocido
muchísima gente, viajado, ahora en realidad, no a través de libros;
había viajado… Se sentía como Gacel Sayad, aquel personaje de una de las
novelas de Alberto Vázquez Figueroa el cual había leído en una tarde.
En pocas horas de una tienda de periódicos en donde ya todo se sabe.
Se iba a marchar lejos, a un lugar, donde la cinta métrica no existía
para medir las distancias. Muchas noticias había recopilado de ese
lejano mundo, mucho había leído. Se había documentado, pero el dinero
…¿qué le pasaba al dinero?, ¿todos quieren no depender de él pero al
final…?
Sin embargo, fue cuestión de segundos, de minutos, como en un pis-pas
televisivo. Se marcho, se vio subiendo a un avión de las lineas
argelinas. Jamás lo había soñado así. Sus viajes habían sido cercanos,
aquí al lado, a un paso, a un paso de esa tienda de periódicos que leía
sin cesar. ¡Lo había conseguido, por fin! se iba a ese sitio, tantas
veces soñado. Había tomado te varias veces, un te amargo, un te suave,
un te como las brisas del mar. Había conocido mujeres, mujeres que
enseñarían, muy mucho a las nuestras, a esas que van de… Pero nunca
había estado en ese sitio, en donde tan sólo las estrellas y el Siroco,
ese viento, parecen habitar.
El avión despega del suelo, se siente, como si de las alas de un ave
se tratase. Parecía un niño al que le acaban de regalar unos zapatos
nuevos. Comienza el viaje, ¿a donde?, ¿a que lugar?, ¿cuánta distancia?,
quizás a África. Se hacía preguntas una y otra vez. Era como si de su
cabeza un circulo de estrellas no parase de girar.
Europa, ese viejo continente había intentado colonizar a África de
una manera increíble. Desde 1880, África había suscitado un enorme
interés por parte de Europa. Recordaba aquellas teorías sobre los
continentes, mientras en el avión todo era algarabía. Nunca -recuerda-
le gustaron las Matemáticas, pero para lo que se avecinaba, las
Sociales, eran interesantes. España parecía estar siempre a la cola de
todo. España llegó tarde al reparto, pero llegó. ¿Cuál había sido el
problema de África, su repartición o los hombres?
“Entre los años 1841 y 1866 había salido a la luz un libro
“Investigaciones y Viajes Misionales” cuyo autor el Dr. David
Livingstone fue uno de los pioneros en la exploración africana. Stanley
periodista norteamericano se hizo famoso de la noche a la mañana cuando
en 1866 pronunció aquella famosa frase de «El Dr. Livingstone supongo…»
Stanley no entendía muy bien como Livingstone perdía su tiempo y su vida
luchando contra el tráfico de exclavos.
Durante el viaje de tres horas, estos y no otros eran sus
pensamientos. Los hombres. No podía olvidar que era uno de ellos.
Sonreía a todos sus compañeros que al verlo, pequeño, con gafas, se
llevaban las manos a la cabeza. Británicos, alemanes, noruegos, todos
eran sus compañeros. Con ellos se encontraba en un avión viajando hasta
donde el destino o la Providencia habían querido. En la maleta llevaba
aquello que estimaba necesario: unos calcetines, una cámara de fotos,
enseres de limpieza y poco más. Recordaba siempre las palabras de un
amigo: «dáselo todo, pues no tienen nada. Sin embargo, ellos te lo darán
todo» De ese viejo mapa que guardaba con celo, encima de la mesa, había
un lugar que le llamaba la atención, el Sáhara. O como pensaba muchas
veces ese lugar, en donde algo de él, se encontraba allí escondido.
“
Tuve la suerte de encontrar el desierto, ese filtro, ese
revelador. Me ha moldeado, me ha enseñado la existencia. Es hermoso, no
miente, es limpio. Por eso debe de abordarse con respeto” (Théodore Monod naturalista y explorador francés)
II
¿En donde nos encontramos?, ¿a cuanta distancia?, ¿habíamos llegado?,
¿a dónde?. No sabia idiomas, chapurreaba inglés, (aún lo sigue
chapurreando) y malentendía el francés y a veces incluso le fallaba el
castellano. Y eso que conoce personas que han estudiado el sánscrito. Un
autocar les estaba esperando, una vez pasado ese control rutinario, en
donde nombraban a todos unas dos o tres veces. No se notaba el dinero en
sus bolsillos, no parecían ricos. Quizás ricos en sabiduría, a lo mejor
en esa otra riqueza que en occidente no tenemos: el conocimiento. En
sus pensamientos de niño una cantidad, unos kilómetros venían a su
mente. Pensar que a sesenta kilómetros se encuentra Marruecos. Al
pensar, ahora, al escribir, que existe un conflicto entre los
hombres, un conflicto de ideas, de pertenecer a, de ser de aquí o…
Pensaba sin más, como los mayores se pueden comportar así, y luego
exigir a los demás.
Gacel Sayad volvía a su mente, ese tuareg que tantas lecturas le
había inspirado, sobrevolaba de nuevo, su corazón. “Nunca corrieron tan
lejos las estrellas por los cielos” parecía volver a escuchar. Un cielo
maravilloso, tan sólo una vez en compañía de su padre había observado un
cielo igual. Ese cielo que entra de uno sin darse cuenta. Claro,
sencillo, como la vida misma, pero, al final un pensamiento le
atormentaba, sencillamente: como nosotros mismos nos atormentamos con
nuestra propia existencia. Se encontraba después de haber salido de una
maquina del tiempo en otro «plano» en otra «existencia» . Tenía que
olvidarse del tiempo y contemplar el silencio… Este pueblo los había
acogido como nadie sabe hacerlo. Sus comodidades estaban lejos, no
estaban sus padres, no había ese reloj que tan pesado marcaba las horas.
Su turbante era negro, cada dos o tres pasos tenía que volver a
ponérselo de nuevo, le caía una y otra vez, llevaba un chaleco blanco y
un cámara de fotos con la que no paraba de hacer fotografías a un lado y
a otro, eran todo su equipo. Antes de salir una persona conocida, se la
había dejado, pues, como son las cosas, él no tenía. Los niños
(saharauis) sus padres, sus abuelos; les estaban esperando con gritos de
libertad, de independencia, para un pueblo, injustamente tratado.
Pero -se preguntaba- que podía hacer que no hubieran hecho ya sus
mayores, esos que todo lo saben, esos que tanto nos enseñan. En su mente
aparecía la inocencia de un niño. No era el crió que pensaba que todos
eran buenos, esas expresiones que tanto, había escuchado, le volvían a
la cabeza: «los hombres son como críos». -Se preguntaba-. Este pueblo
pese a quién pese había sido dejado de la mano de Dios. Aunque no nos
guste está afirmación.
«
Deseamos proteger los legítimos derechos de la población
civil saharaui, ya que nuestra misión en el mundo y nuestra historia nos
lo exigen» (Príncipe D. Juan Carlos, jefe del Estado en funciones, El Aaún, 2 de Noviembre de 1975)
Le llamaba la atención aquel anciano que le sonreía. Su barba era
blanca, su turbante negro, era el hombre del desierto, el nómada. No
estaba enfadado, tenía una calma que ya había apreciado en otros
personajes del desierto. Más tarde esto mismo lo vería pero en India un
poco más lejos… Toda su vida, había vivido en él en donde no había
leyes y sí las había tan sólo a ellos les concernían. Pero llegó el
hombre blanco, el occidental con la ley en la mano y cambio
absolutamente todo. Creo leyes que aunque injustas había que cumplirlas.
Su cara hablaba de paz, de felicidad, de eso que todos queremos
anhelar, de libertad. La comitiva le mando que como, era un niño, se
sentara a su lado y escuchara, sus sabias palabras. Más tarde los
saharauis le dijeron que tenían un enorme respeto por los ancianos. Un
portavoz escucho sus palabras con atención y más tarde le dio las
gracias. Tiempo después al hacer memoria recordaba aquellas palabras
como falsas, como vacías de contenido. Cuantas promesas una y otra vez.
Se encontraba rodeado de jaimas, tiendas del desierto, un colchón y una
manta. Su guía era alto, y tan sólo se veían sus ojos a través de su
turbante negro, hacia de Cicerone en el desierto. Todas las mañanas
subía a un Land-Rover y la llamada a la aventura hacia acto de
presencia. Un viejo saharaui curtido por los años se le acercó y al
oído le dijo:
“Llegamos aquí con mas manos quebradas durmiendo entre las arenas hasta hoy”
Leía en los momentos de descanso que eran pocos, cosas una tras otra,
esa mente infantil no paraba como un viejo torbellino de hacerse
preguntas una tras otra. ¿Cómo somos los hombres?, ¿cómo son nuestros
mayores?, ¿cuántas promesas nos hacen?, ¿cumplen algunas de ellas?. Pese
a la poca edad que tenía, había leído, y tenía unos buenos padres. Pero
al observar, al hablar con estas gentes de su conflicto, ver sus caras
alegres, ver las caras de sus hijos, pese a su situación. No lo
entendía. Que suerte había tenido.
“ …No hay pueblo ni raza alguna en el mundo que tenga
menos prisas en vivir que el que habita los inmensos confines del
desierto. Este fatal sentimiento de agobio que acucia y apremia a la
sociedad occidental, fomentado por las ansias de consumo, aun esta muy
lejos de sentirlo, gracias a Dios, el pueblo saharaui…”
( Mariano Fernández
Aceituno)
III
…. Se encontraba en una tierra dura, de arenas, de rocas, en donde los
oasis están por centenares, son verdaderas islas vegetativas en el
desierto. Abundan las llanuras pedregosas, sus extensísimas mesetas
(Hammadas), cadenas de dunas (Erg), y macizos montañosos que superan
los trescientos metros. El desierto del Sáhara ofrece seis meses muy
cálidos, de mayo a octubre, y otros seis más suaves, de noviembre a
abril. En invierno las temperaturas oscilan entre los 20º diurnos y los
0º de la noche; mientras que en el verano alcanzan los 60º y 40º
respectivamente. Esta era la aventura que a tan corta edad nunca se
hubiera imaginado. El único problema, era, que en lugar de encontrar un
Sáhara libre lo había encontrado, sí, pero en conflicto. Con el
turbante un pañuelo le cubria permanentemente la cabeza, oidos y nariz,
entre ellos, era uno más. Uno de los principales autores que había
hablado de este Gran Problema había sido José Ramón Diego Aguirre nacido
en una familia que sufrió los desgarros de la Guerra Civil y que
escribió
Historia del Sáhara Español. La Verdad de una traición en
donde un pueblo el saharaui caminaba de nuevo, entre la humillación y
el llanto, hacia la incierta pervivencia de una nación negada a toda
esperanza.
Los días pasaban rápidos, como centellas, no había mar, pero había
sonrisas. De vez en cuando hay que retroceder, había escuchado decir:
«Varios miles de años a de C. el desierto del Sáhara era una zona
tropical surcada por caudalasos ríos que hoy en día se encuentran entre
40 y 700 m. bajo tierra. Las perforaciones en busca de agua demuestran
que el Sáhara posee un rico sistema acuífero. En aquel tiempo, las
tribus eran sedentarias y practicaban la agricultura y el pastoreo. Esta
es la explicación que tienen los numerosos grabados rupestres en los
que aparecen animales para explotación domestica, como bueyes o
caballos, o en libertad, como gacelas y leones»
Quedaba pensativo y seguía sin entender a los mayores de los que
tanto había aprendido, pero también, tanto le habían decepcionado. Que
inútiles somos los hombres -exclama en voz alta- sin obtener una
respuesta.
Suleiman era nuestro guía en aquel momento y nos miraba como a esos
hijos que nunca pensábamos había tenido. El había observado el cariño
que, él viejo saharaui, le prodigaba, desde que había llegado para
conocer a su pueblo. Tanto en el viejo Lan-rover como, al andar por los
campamentos, Suleiman iba detrás. «Aquí hubo hombres y mujeres que
crearon una cultura, aquí sí, donde todo es arena, donde tenemos unos
cambios climáticos tan bruscos, todo es soportable. Antes de ese periodo
de la Islamización (siglo XI d. de C.) estas tierras fueron pobladas
por personas de más de dos metros de altura (los hilaliyin), rubios de
tez blanca, que practicaron la ganadería y la guerra contra los hombres
negros del Sudán, que actualmente correspondería con Mauritania, Mali o
Senegal. Pero se extinguieron sin saber»
Se lavaban las manos, otros se refrescaban la cara, el
calor era agotador. De pronto llegó la sorpresa, tendrían que quedarse
un poco más de tiempo. Menuda alegría, para algunos, menuda tristeza
para otros. Desayunaron, comieron y casi cenan y eso que no tienen nada,
una comida abundante. Sus compañeros juveniles corren por el suelo
árido de la Hammada. Le recuerdan a su viejo abuelo,que le ayudaba a
ponerse aquellos pantalones cortos, cuando aun era un mocoso, sus sabios
consejos, después murió y se acabo el poder llorar en sus rodillas. Su
cara aparecía, sin descanso, ¿dónde estará ahora?, ¿sera esa estrella
grande que se ve en el firmamento?.
Se mira una y otra vez, menuda pinta, si algún compañero se enterara,
diría que esta diciendo esas mentirijillas de crío. Las anécdotas se
suceden una tras otra. Se ponen a hablar. Los saharauis se sientan a su
lado bajo las jaimas, el Sol es abrasador, no se encuentran en la playa,
están en el desierto. Muchos hablan en francés, el idioma de la
República, otros en Hassania del árabe literario y otros en árabe,
mientras el resto en la segunda lengua oficial, el español. Desmónd
Boyland, es alto, fuerte, un hombre curtido, trabaja para la agencia
Reuters; en cinco minutos se pone a contar sus experiencias. Se
encontraban en un hotel en Israel, él estaba descansando, cuando de
repente sintió unos ruidos fuera; se asoma y ve a dos niños, los cuales
no abultaban nada. Jugaban con dos granadas como si fuera una cosa
normal. O cuando cubrían la noticia de la estancia de Yaser Arafat, el
líder palestino, ¡y no sé que pasó! -dice exclamando- sus guardaespaldas
lo metieron en un segundo, en su coche. Fue visto y no visto.
Las lecturas se amontonan en una esquina y no es por falta de
información o por desconocimiento es por que los hombres y mujeres con
sus contradicciones no se ponen de acuerdo. El Muro marroquí en el
Sáhara Occidental de Gaici Nah Bachir es una de sus muchas lecturas que
acaba de aparecer hace unos meses. Su autor es diplamado en ingeniería
militar y ha dedicado más de una década a investigar y hablar de este
tema. «A lo largo de la historia se han construido muchos muros como
medidas de defensa y protección que han generado un gran interés entre
los historiadores y el pueblo en general en muchas partes del mundo»
Tras el viaje estas palabras u otras palabras tras lo visto casi nos
escandalizan y nos llaman la atención. En donde ha quedado escrito que
los hombres se esclavicen unos a otros. Actualmente prosigue su autor
nos encontramos con un gran vació de información sobre el Muro marroquí
es por ello que libros como este merecen ser dados a conocer tras un
viaje y haber hablado largo y seguido con sus gentes. Un muro que divide
a la población, viola los Derechos Humanos, causa efectos negativos y
además está sembrado de minas terrestres de punta a punta. Y para
terminar recomendarles otro viaje que podía ser el nuestro perfectamente
que realizó Josto Maffeo y Ángeles Blanco y daría pie a ese libro bajo
el título de Sáhara. Un viaje a la sabiduría de las gentes del desierto.
«Al Sáhara hay que conocerlo para amarlo por qué amándolo no se
abandonará jamás» (Saint- exupery, escritor y aviador francés).
Artículo elaborado por Maria Parente y Roberto Carlos Mirás

Maria Parente y Roberto Carlos Mirás